Matilda teme a la oscuridad

La huella de la violencia sexual es imborrable. Aunque su agresor está muerto y ella es una persona adulta, Matilda sigue sufriendo en estos días el terror y la indefensión que padeció durante aquellos ocho años de abuso sexual que sufrió en su propio hogar. Esta es su historia.

 
 

Es viernes por la noche y Matilda* no puede dormir. A las 8 de la mañana del sábado tiene que presentarse a la universidad para rendir un examen. Pero no, no son los nervios los que le impiden conciliar el sueño. El insomnio ha sido su fiel compañero en los últimos años, pero el de esta noche lo desencadenó un evento en particular. A Matilda la violaron durante ocho años y hace unas horas había revivido el horror que hasta entonces no había compartido con tanto detalle con nadie.

Sin haber pegado un ojo, llegó al siguiente día al salón de clases y se sentó a la espera de recibir la prueba. Escribió su nombre y trasladó algunos números a los paréntesis de la derecha, tal como lo pedía la indicación. Leía una y otra vez las preguntas, pero nada le hacía sentido. Estaba en blanco. Después de 15 minutos, entregó el examen casi vacío y salió del salón.

Matilda compartió con El Faro una ilustración que resume su historia. Para ello decidió representarse con dos tipos de alas: el ala rasgada simboliza el daño ocasionado por el abuso al que su papá la sometió durante ocho años; y el ala que se regenera marca el proceso de sanación al que entró desde que fue diagnosticada con VIH.
 
Matilda compartió con El Faro una ilustración que resume su historia. Para ello decidió representarse con dos tipos de alas: el ala rasgada simboliza el daño ocasionado por el abuso al que su papá la sometió durante ocho años; y el ala que se regenera marca el proceso de sanación al que entró desde que fue diagnosticada con VIH.

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“Yo siento que sí se hizo justicia. Bastante. Mi agresor está muerto”. Así comienza su relato. Matilda está tan nerviosa que esquiva la mirada al hablar. Prefiere enfocarla en el gusano multicolor de silicón al que aprieta para liberar ansiedad. Cuando las lágrimas empiezan a brotar, baja la cabeza y el cabello le cubre el rostro. “Estoy aquí porque trato de ya no pensar solo en mí, sino en qué puedo hacer para que mucha gente que que quizás esté llevando esa carga pueda ver que hay lugares donde en realidad uno puede expresarse y puedan llegar a desahogarse y superarse”.

Una noche de 1994, Jorge regresó a casa borracho. Tenía años de lidiar con su problema de alcoholismo. No era extraño verlo llegar en ese estado. Pero esa noche tomó un pequeño desvío antes de irse a acostar. Ese desvío marcaría para siempre la vida de Matilda. Estaba dormida cuando sintió que alguien la tomó por la fuerza y le tapó la boca para evitar que gritara. Luchó, pero él le ganaba en estatura y fuerza. La sometió. Después, ella lloró hasta quedarse dormida.

“Me desperté al siguiente día y para la hora del desayuno él era otra persona. Creí que todo había sido porque estaba ebrio”, explica sobre su desconcierto. Jorge era su papá. Él tenía 28 años; ella, 13.

Nunca tuvieron una relación típica entre padre e hija. Entre ellos no existía ningún tipo de confianza. En realidad, los primeros 11 años de su vida, Matilda jamás compartió techo con él. Ella ni siquiera le llamaba papá.

Fátima, la mamá de Matilda, se enteró de que iba a ser mamá a los 15 años. Jorge era su vecino, su primer amor. Para entonces, a sus 15, él ya tenía problemas de drogadicción. La familia de Fátima no estuvo de acuerdo en que siguieran juntos cuando se enteraron de que Matilda venía en camino. Deshicieron la pareja. Él se mudó. Cuando terminó el bachillerato, un par de años después, sin embargo, Fátima se desatendió de sus deberes de madre y dejó a su hija a cargo de su mamá. Años más tarde, la abuela le confesaría que su mamá en realidad la abandonó para ir a buscar a Jorge. No volvió a saber de su madre hasta 1992, cuando ambos llegaron a buscarla: habían decidido que querían formar una familia.

“Mi mamá me tuvo a los 16, la responsabilidad nunca la había tenido ella. Mi abuela fue la que me andaba de aquí a allá”. Las intenciones de recuperar el tiempo perdido de Fátima y Jorge coincidieron con el trámite de la residencia de su abuela en Estados Unidos. Ese fue el primer golpe fuerte en la vida de Matilda. De un día para otro cambió su entorno, su domicilio, sus amigos, su colegio, su círculo de confianza. Fue un proceso de adaptación duro.

Pese a que no creció en el modelo de una familia nuclear, Matilda fue feliz los primeros 11 años de su vida. Sus tiempos libres los repartía entre una consola de Nintendo 64, clases de tenis y de natación. Cuando se mudó con Jorge y Fátima, las clases fueron lo primero en desaparecer.
Aunque los cambios en su rutina fueron bruscos, describe los primeros dos años junto a ellos como algo tranquilo. “Todo iba bien hasta que él empezaba a tomar demasiado seguido. Empezó a cambiar de un momento a otro”.

Los primeros síntomas de que las cosas ya no eran normales, Matilda los percibió seis meses antes de que Jorge entrara por primera vez a su cuarto. Empezó a celarla y cuando iba por ella al colegio le preguntaba quién era el niño con el que estaba hablando. Después de los celos vinieron las caricias. “Yo nunca había convivido con un hombre, pero sabía que no eran normales. Me agarraba de la cintura e intentaba bajar las manos”. Cuando su conducta empezó a cambiar, buscaba la manera de estar en casa lo menos posible, pero poco a poco los espacios en los que se quedaban solos empezaron a presentarse con mayor frecuencia.

“Ellos eran dueños de una distribuidora, y mi mamá a veces me mandaba a mí a contestar el teléfono en el negocio. Yo trataba de no ir, di una y un millón de excusas para no ir, pero nada era válido. Ella pasaba en la casa y a mí me tocaba pasar en el negocio. Él mandaba a todos sus trabajadores a andar entregando y eran los momentos en los que él me agarraba a la fuerza. O le decía a mi mamá que íbamos a salir, aunque yo nunca quería salir, pero siempre estaba esa amenaza. Procuraba no estar mucho tiempo en la casa. Pero de ahí entré en problemas con ella porque decía que no pasaba en la casa y que solo afuera andaba”.

Matilda iba entrando a la pubertad cuando su papá empezó a abusar de ella. El dominio de él sobre su cuerpo la hizo suprimir actitudes que usualmente afloran en esa etapa. “Nunca fui coqueta. No quería verme bonita para él. Incluso ahora no me arreglo demasiado. Solo cuando tengo algo así más formal”. Matilda es delgada: ahora pesa 121 libras, y es lo más que ha pesado en toda su vida. Siempre había tenía un peso por debajo de las 100 libras. Siempre viste muy cubierta, se acompaña de un suéter o una chaqueta. No enseña más piel que la que deja al descubierto el cuello de su blusa. El cabello, corto, a la altura de los hombros, con algunos rastros de tinte rubio en las puntas.

El abuso se intensificó en la casa, casi siempre por la noche, mientras Fátima dormía; después, Jorge optó por llevarla a una casa en la playa. La frecuencia de los abusos fue incrementando y llegó a violarla hasta tres veces por semana. Desde los 13 hasta los 21 años, Jorge abusó de ella cuando le dio la gana y nunca usó un condón. “Siempre luché contra él”, asegura, pero después de los primeros golpes y forcejeos, dejaba de resistirse. “Trataba de escaparme, pero la amenaza de él siempre estaba presente”. Más allá del alcoholismo de su papá y todo lo que desencadenó, Matilda no tiene una buena relación con el alcohol, con su sabor. “Una vez hizo que yo quedara hasta dormida. ‘Tragá, tragá’, me decía. Yo trataba de no tragar, pero hubo varios momentos en que lo hice”.

A media que el relato avanza, Matilda empieza a hablar más pausado. Solloza, las lágrimas empiezan a caer más seguido y los silencios se prolongan. Cuando habla, parece que hay un nudo que apenas le permite pronunciar las palabras. Tiembla y tiene la mirada perdida. Libera el gusano que al principio le permitía liberar ansiedad, pero sus puños están tensos. No puede soltarlos. En su rostro no hay tristeza, sino un dejo de ira. Su mente abandona la sala.

***

Matilda tiene 25 años y podría decirse que lleva una vida normal. Estudia cuarto año en una universidad privada en San Salvador. Devora libros de sagas como Insurgente y Los juegos del hambre, y la idea de independizarse de su mamá le resulta cada vez más atractiva. Pero cuando llega la noche, le da miedo la oscuridad, la soledad. Se queda despierta escuchando música o viendo videos hasta quedarse dormida a puerta cerrada. Aún tiene miedo de que Jorge entre a su cuarto violarla. A cuatro años de la muerte de su agresor, se lo sigue encontrando.

A Matilda le tocó pasar Navidad y recibir 2017 en una cama en el quinto piso de un hospital público del área metropolitana de San Salvador. El tratamiento a la infección que estaba combatiendo era muy agresivo, por lo que pese a la insistencia de las enfermeras a su médico especialista, fue imposible que el tratamiento fuera ambulatorio. Era 27 de diciembre cuando, de pronto, vio el rostro de Jorge en la cama que tenía al lado. Tuvo miedo, se puso una toalla encima y se volvió hacia el otro lado para no tener que verlo. Cuando Fátima llegó a visitarla a la hora de almuerzo, Matilda le advirtió de la presencia vecina. Su mamá observó con detenimiento a la persona de la cama de al lado y no encontró rasgos de Jorge por ningún lado.

Esta es la tercera vez que Matilda reconoce a su agresor en el rostro de alguien más en los últimos dos años y medio. La primera vez fue en el bus. Cuando se subió y empezó a buscar asiento, lo identificó en otro pasajero. La segunda fue dentro del campus. “Esa vez casi me caigo, porque salí corriendo”. Él está muerto, pero sigue presente en su mente y en su cuerpo. Jorge la infectó con VIH. “Siento que hasta cierto punto quizás va a ser una forma de desahogarme por completo del peso que he llevado y sé que quizás alguien que esté pasando o pasó y no lo ha querido decir después de tantos años va a sentirse en la libertad de hablar con alguien”. Matilda también decidió contar a El Faro su historia como un acto de liberación. Ni Fátima ni los tres sicólogos a los que ha visitado en los últimos dos años conocen los detalles.

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“Fueron más de ocho años los que yo trataba de dar señas, pero nadie nunca se dio cuenta. Nunca hablé por las mismas amenazas que yo tenía. Él me decía que me iba a matar, que si decía algo iba a desaparecer y que nadie iba a creer que había sido él. Y yo sabía cómo era el carácter de él. Pero siento que hasta cierto punto traté de decir, con acciones. Mi mamá se enojaba porque yo echaba llave en mi cuarto y me decía: ‘¿para qué vas a echar llave?’ Yo le decía que porque quería dormir. Pero ella nunca me captaba cuando yo trataba de decirle que no quería estar sola con él”. Para Fátima, las salidas entre Jorge y Matilda eran una manera de acercarse porque su hija no había crecido con él y siempre lo evitaba. A veces la salida incluía a los tres, pero a última hora Matilda decidía quedarse en casa. 

Más de una vez a Fátima le llegaron rumores respecto a la infidelidad de Jorge. Sin decir que se trataba de ella, Matilda un día le expuso su caso: “Dicen que lo han visto con otra en la playa”, le dijo. Pero su mamá no hacía caso. “Ella sí estaba enamorada. A raíz de eso, yo tampoco hablé directamente con mi mamá, porque si me abandonó una vez, ¿a quién le va a creer más, a un amor ciego o a alguien que le vino, hasta cierto punto, a frustar la vida? Porque sabemos que un embarazo en la adolescencia no es el plan soñado de uno”.

La abuela de Matilda vino a visitarla por lo menos unas dos veces en los años en que ella estaba siendo abusada. Pero ni siquiera a ella, su verdadera figura materna, tuvo la confianza de contarle. Cuando ella se fue a Estados Unidos, se sintió desolada. Tuvo que sobreponerse a un segundo abandono. “En ese momento yo no tenía en realidad a quién acudir, tal vez si hubiese estado mi abuela me hubiera apoyado en ella. Pero también sentí en ese momento que mi abuela se desligó bastante de mí. Se fue cuando yo más necesitaba de ella”.

El día que capturaron a Jorge, Matilda sintió un gran alivio. Fátima cayó en depresión. “Yo sentía tranquilidad, porque dije: ‘Alguien está actuando en mi nombre’. Sentí que ya podía descansar, podía decir ‘se va a hacer justicia’. Ella venía de comprar algo en la tienda cuando lo vio que salió corriendo del carro hacia el negocio, y la policía detrás de él. Tenía orden de captura por haber violado a Mercedes, la empleada doméstica de una de las casas vecinas de la distribuidora.

“A él lo llegaron a traer y no me querían decir lo que estaba pasando. Cuando me hablaron claramente de lo que estaba sucediendo, ahí fue cuando yo sentí un alivio. Y no me despegué del caso. Entre lo que contaba el abogado del caso, había cosas de las que lo acusaban que yo nunca hablé, pero con las que me identificaba. Mi mamá me decía: ‘¿vos qué creés que sea?’ Yo solo le decía ‘tantas veces que te lo dije y no me hiciste caso’”.

Fátima nunca quiso creer en la culpabilidad de Jorge. Cuando eran las audiencias, le insitía a Matilda que la acompañara, que “había que apoyarlo”. Ella nunca quiso ir y su mamá se lo reclamaba. “Me preguntó que por qué era esquiva en ese proceso. Pero yo no quería estar ahí defendiendo algo que me afectó a mí”.

Pasó un año entre la captura de Jorge y su muerte. Al cabo de los primeros seis meses, pasó del penal al hospital. Fue entonces cuando Fátima y Matilda se enteraron de su diagnóstico. Ya estaba en fase terminal de sida, no había manera de someterlo a tratamiento. Mientras que su mamá no podía creerlo, ella prefirió no leer nada sobre la enfermedad y alguna esperanza tenía de no estar infectada. Su cuerpo no daba señales de gravedad y eso le bastó. Jorge murió en 2012. Matilda confesó que había sido abusada por él hasta febrero 2015, cuando fue a parar al hospital a causa de una infección que le bajó las defensas.

“Yo decidí hablar abiertamente desde el año pasado que entré al hospital con el diagnóstico. Ya no podía seguirlo ocultando”. Cuando a Matilda le dijeron que le iban a hacer la prueba de VIH, por rutina, para despejar dudas, ella ya se imaginaba el resultado. Una vez confirmado, intentó dar excusas a los médicos, como que todo había sido provocado por un corte con una cuchilla desechable. Fátima le creyó, los médicos no. No le quedó más opción que decir la verdad, pero incluso entonces seleccionó con pinzas los detalles. “No tuve el valor de decirle a mi mamá por qué. Yo ya había tratado de seleccionar las palabras. Ella me preguntaba qué pasó, y yo le dije ‘fue una persona súper cercana a nosotros, una persona que vos querés o amaste quien abusó de mí’. Ella captó quién era, pero hasta ahí llegué”.

A partir de ese día, la relación entre Fátima y Matilda cambió por completo, aunque ella aún no se acostumbra a tanta atención de parte de su mamá. Ahora tiene un trabajo y la acompaña como su sombra a toda cita en el hospital o con el sicólogo. Cuando no puede entrar, le pregunta. “Ella siempre ha querido saber. Toda la vida que voy a un sicólogo, al regresar me pregunta qué hablé con él. Aun a veces hay cosas que no digo con la doctora, porque ella está ahí”.

Hay otros temas de los que sí platican con un poco más de normalidad. Matilda tiene un pretendiente. Le gusta salir y platicar con él, pero no ha sentido la confianza absoluta para dar el siguiente paso. Tiene miedo. “Estamos saliendo con un chero, pero sí siento miedo. No sé qué va a pasar, hay momentos en los que no sé cómo actuar. Se me vienen momentitos que regreso y digo ‘no vaya a ser’”. Su cuerpo aprendió a rechazar las caricias.


 

Todos los nombres utilizados en esta historia son ficticios, y se han escogido para proteger la identidad de sus personajes.