Christian Acosta Amaya
Christian Acosta Amaya
Publicado el 18 de Enero de 2012
La Radio Nacional y el Canal 10, con los partes de guerra convertidos en noticias, o la Radio Venceremos, que algún vecino suicida ponía de vez cuando, eran la única referencia de la guerra que podíamos escuchar los que fuimos niños en los ochenta y que vivíamos en la ciudad. El resto de anécdotas no eran para nada comunes: que alguna vez vimos a un tío amarrado de los dedos por el ejército o el otro tío que estaba en la montaña mientras que aquel estaba enlistándose para ser soldado. Fue hasta 1989 que oímos balas romper el viento y luces rojas atravesar la noche por entre los vanos que los colchones dejaban junto a la ventana.Con 14 años de edad, el 16 de enero de 1992, escuchar la frase “Firmamos la Paz” en televisión, a cientos de kilómetros de San Salvador, era muy difícil pensar como algo cierto pues hasta hacía poco habían estado dinamitando postes cerca de la casa, se habían estado tomando escuelas… con el asesinato, años atrás, de seis sacerdotes las cosas hacían pensar que todo iba a ser peor. Era muy difícil de asimilar y dejar de pensar en tantas angustias, como cuando un 11 de noviembre del 89, íbamos huyendo de Soyapango, en un pequeño carro con un trapo blanco amarrado al palo de la escoba en señal de Paz.No fue sino hasta que mis padres, con mucha alegría y con sus ojos cristalizados de euforia, dijeron que fuéramos a la Plaza Barrios “a ver” la celebración. En ese sitio no podías solo ver; debías sentir para entender qué representaba eso de “Firmamos la Paz”. Había ansias y alegría en las miradas. Parecía que todos andaban buscando hermanos, buscando abrazos… Ahí me agarró la paz.